29 abril 2007

I LOVE NANCYS RUBIAS

Sálvame


Corazón de Hielo

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25 abril 2007

DESVARÍO

No sé si esto ya lo he contado, pero de repente leyendo un fotolog, a los que soy adicto en estos momentos, lo he recordado y me he dicho, pues mira, lo cuentas en el blog que últimamente estás muy monotemático y así cambias un poquito de aires. Que conste que esto lo relato escuchando el nuevo disco de las Nancys Rubias, de las que ya era fan antes pero desde que las conocí aún más, esto no viene a cuento pero me da la gana decirlo y el disco está muy chulo. Allá vamos...
Veraneaba yo en Lanjarón con mis abuelos, tenía 6 años, me pasaba los tres meses de verano en ese pueblo de la Alpujarra granadina. Tenía un mundo muy Verano Azul, con muchos amiguitos a los que veía verano tras verano y en esa pandilla cada uno tenía un rol, yo era una especia de Tito porque era muy charlatán, listo y chisposo y aún no había engordado (en cuyo caso sería Piraña). Toda la panda pasábamos mil horas en una zona del hotel en la que había columpios, hacíamos competiciones para ver quién era el que conseguía llegar más alto, sobre todo en las barcas. En una de esas contiendas, un caluroso día de agosto, oímos un ruido estrepitoso, corto, seco y potente, como si un gran petardo hubiese explotado. No le dimos mucha importancia y seguimos con lo nuestro pero, de repente, sonó un segundo petardazo y entonces como alma que lleva el diablo nos subimos todos como locos al tobogán para ver de dónde procedía tal sonido. Desde allí se podía divisar lo que había tras la verja que nos protegía. Al otro lado estaba la zona de columpios de un complejo de piscinas, las de La Torre, a las que mi abuelo me llevaba dos veces a la semana. Cuando miré lo que allí sucedía asistí a un espectáculo que aún a día de hoy me ronda por la cabeza, tengo la imagen perfectamente grabada en mi cerebo y soy capaz de reproducirla tal cual fue. Había una mujer y un hombre tirados en el suelo cubiertos de sangre y un señor de unos 60 años se puso de rodillas, se quitó el sombrero, se apuntó a la sien con una pistola y se pegó un tiro, cayó desplomado, su sangre se desparramó por todas partes y los gritos de la gente que estaba en el lugar iban aumentando de volumen a la misma velocidad que mi mente intentaba procesar toda aquella información.
Tras contemplar aquello subimos corriendo hasta el hotel a grito pelado y le contamos a todo el mundo lo que habíamos visto. Al principio nos tomaron a coña, en plan estos niños se aburren mucho habrá que comprarles un helado, pero cuando empezaron a ver ambulancias y coches de policía fliparon en colores. Mi abuela me quería encerrar en la habitación, pero menudo era yo y me fui con mi abuelo a cotillear. Lo primero que vi fua a una mujer que lloraba desconsolada porque una de las balas había atravesado el brazo de su hija. Al llegar a la piscina, aún no comprendo como la policía nos dejó pasar, vi los tres cuerpos cubiertos con una sábana y como uno de ellos se movía al ritmo de la respiración, el yerno estaba vivo.
Aquello fue divertido durante un par de días, pero como críos que éramos, le quitamos la importancia pronto y seguimos con nuestras competiciones en los columpios. Años más tarde descubrí que mi abuela después de aquel episodio quiso llevarme a un psicólogo, cuando aún no estaban de moda, mira tú mi abuela que moderna, para evitarme futuros traumas, pero el niño no le daba importancia al suceso, así que me quedé sin probar lo que es una terapia infantil, nunca le perdonaré a mi madre haberme privado de semajante experiencia.
Y contado este episodio de mi infancia y con un par de copas de vino de por medio, me dispongo a ver Supervivientes, la presencia de Rebecca Loos y Raquel Bollo me tiene embelesado, y a prepararme para irme de copas this night de lluvia en Madrid.
PD: puede que mañana le lleve naranjas a J.

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