03 octubre 2008

Mi primer coño

Al llegar de trabajar esta mañana, he tenido que hacer tiempo para ir a pagar el alquiler al banco, me he tomado un té verde y me he fumado un par de cigarrillos mientras en las noticias anunciaban una bajada importante de las temperaturas. Llegada la hora he salido a la calle y un viento frío se me ha metido por los huesos provocándome una sensación ya conocida que me ha transportado muchos años atrás. En 1994 iba a mi ciudad una vez al mes, allí estaba mi primera novia, yo tenía 18 años y empezaba a matener relaciones sexuales. Era noviembre, empezaba a hacer frío, yo esperaba en mi casa a que todo el mundo se fuese, unos a trabajar y otros a estudiar. R cogía sus cosas de la universidad y fingía ir a clase. Sobre las 9:30 de la mañana sonaba el timbre y yo ya estaba empalmado, la simple idea de saber que en unos segundos iba a agarrar sus tetas hacía que mi polla se pusiese a mil, que la circulación de la sangre golpeara con fuerza hasta tal punto que notaba mi pulso en el glande. Ella entraba por la puerta y antes de darle tiempo a soltar sus cosas yo ya la había empotrado contra la pared y había paseado mis manos por todo su cuerpo. R era alta, algo más que yo, castaña, de piel hipersuave, de tetas grandes y blandas, con grandes pezones y un culo importante pero duro como una piedra. Mi boca mordía su cuello mientras las manos se me iban por debajo de su ropa. Recuerdo aquel día en que por primera vez descubrí su ropa interior negra, un sujetador con cierto toque de raso, suave. Ese día empotré mi pelvis en su cuerpo mientras le subía el jersey y le comía las tetas por encima del sostén. Ella estaba tan cachonda que sus pezones apretaban por debajo de la prenda como si quisieran salir disparados. Le agarre las manos y se las llevé a la polla, ella la agarraba con fuerza y con miedo a la vez, era la primera que tomaba y, aunque no tenía muy claro su funcionamiento, su naturaleza hacía el resto.

Con la mano entre sus piernas la llevé hasta mi habitación, la tumbé en la cama, le quité el pantalón y me tiré de lleno a su coño abriéndole las piernas con fuerza. Aparté hacia un lado sus bragas negras con una mano y con la otra separé sus labios húmedos. Llevé mi lengua hasta aquella puerta y empecé a lamer hasta que el clitoris salió a mi búsqueda, pequeño, redondo, sueve y tieso. Ella me apretaba con fuerza la cabeza y se retorcía como intentando escapar fingidamente. Era la primera vez que mi boca recorría esos lugares, la primera vez que mi saliva entraba en contacto con su flujo. Y disfruté sintiendo esa suavidad en mis labios y esa tensión en su cuerpo.

Me levanté de la cama, me quité los pantalones, y con el slip puesto y mojado, me subí a horcajadas hasta llegar a su boca. Ella mordisquó mi pene por fuera del calzoncillo y luego bajó la prenda, recorrió con la lengua la punta de mi sexo, yo apoyaba las manos en el cabecero de la cama con tal fuerza que parecía querer tirar el muro. Se lo introdujo en la boca y empezó a moverse a la vez que con su mano recorría su envergadura adelante y atrás.

R era una chica de fuerte tradición católica, el día que la conocí iba con su uniforme azul marino de colegio de monjas, era de misa de domingo sin saltarse una y de las que se mantienen virgen hasta llegar al matimonio. Aquel día, en el furgor de la batalla yo froté mi pene en su coño tanto como pude, intentaba meterlo, la naturaleza en estos casos funciona sola y a los 18 años la sexualidad no entiende de razón. Ella me paró y me dijo que no quería perder la virginidad, yo que era demasiado respuetuoso le respondí que la comprendía pero que yo tenía la necesidad de penetrarla. Así que me propuso metérsela por detrás, le di la vuelta, separé sus nalgas y le comí el culo, era la primera vez también, introduje un dedo y pareció gustarle, pero con la inexperiencia y la brusquedad, cuando fui a introducirle el pene, comprendí que no era el momento, así que me corrí rozándome con sus muslos y mordiendo su espalda.

Aquel día, sin darse cuenta, ella me descubrió un nuevo mundo, gracias a su mojigatería descubrí el placer anal y sin querer agradecí que no me hubiese dejado penetrarle la vagina. En principio me pareció una incoherencia pero después pensé "qué se puede esperar de una niña de colegio de monjas".

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

mmmm...leo este Blog desde hace tiempoO...
i nunca crei llegar a leer tal cosa como esta.
xDDDDD
por un lado...atrevido y oscenoO...
por otro..muy buenoO.

1SaludoO...


J.

17:08  
Blogger jaimito said...

yo soy una niña de colegio de monjas (sólo habría que cambiar el género de esta frase)
besos anales :D

15:05  

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