EL DÍA QUE CONOCÍ A ANETTE SORÍN
CAPÍTULO 1 : La Llegada al Paraíso
Uno ha visto muchas películas de viajes iniciáticos. Personas que al llegar a un lugar desconocido se descubren a sí mismos. Estas cosas siempre parece que le pasan a otros pero no es cierto. Yo crucé el océano una vez y mi vida cambió. Fui consciente de ello el día que conocí a Anette Sorín.
Tengo una amiga hippy. Una de esas personas completamente libres que llevaba una vida de ave enjaulado por una relación que la ahogaba. Un día Reina, decidió que era hora de cambiar, tras varios ataques de ansiedad y una buena tunda de ansiolíticos, su momento de desplegar las alas y decir adiós a su guardián había llegado. Agarró las maletas y se marchó a Malta, donde tomó consciencia de su nueva vida. Poco tiempo después voló a Londres, donde aprendió el inglés y trabajó como una loca para ahorrar dinero y salir de un país que no le gustaba nada. El destino quiso que Reina tiempo atrás hubiese trabajado con Vanessa, una niña bien defeña (así es como se conoce a los oriundos de Ciudad de México) a la que la vida la había llevado a vivir a Cancún, en pleno caribe mexicano. Así que metió sus cuatro cosas en el avión para introducirse en un nuevo mundo.
Uno ha visto muchas películas de viajes iniciáticos. Personas que al llegar a un lugar desconocido se descubren a sí mismos. Estas cosas siempre parece que le pasan a otros pero no es cierto. Yo crucé el océano una vez y mi vida cambió. Fui consciente de ello el día que conocí a Anette Sorín.
Tengo una amiga hippy. Una de esas personas completamente libres que llevaba una vida de ave enjaulado por una relación que la ahogaba. Un día Reina, decidió que era hora de cambiar, tras varios ataques de ansiedad y una buena tunda de ansiolíticos, su momento de desplegar las alas y decir adiós a su guardián había llegado. Agarró las maletas y se marchó a Malta, donde tomó consciencia de su nueva vida. Poco tiempo después voló a Londres, donde aprendió el inglés y trabajó como una loca para ahorrar dinero y salir de un país que no le gustaba nada. El destino quiso que Reina tiempo atrás hubiese trabajado con Vanessa, una niña bien defeña (así es como se conoce a los oriundos de Ciudad de México) a la que la vida la había llevado a vivir a Cancún, en pleno caribe mexicano. Así que metió sus cuatro cosas en el avión para introducirse en un nuevo mundo.
Yo llevaba en Madrid una vida que no era mi vida. La compartía con mi novio en una relación donde la comunicación brillaba por su ausencia. Me encontraba mal y no sabía exactamente por qué. Sólo sabía que tenía que hacer algo, que necesitaba escapar a algún lugar yo solo. Así que mandé un e-mail a Reina que me invitó sin hacer preguntas a su nueva morada.
En cuestión de dos meses tenía planificado mi viaje. Compré un billete a avión, me saqué un pasaporte e hice esas compras que todos hacemos cuando una novedad se nos presenta por delante. Yo soy de naturaleza estable y en aquel momento algo cobardica. Iba a ser la segunda vez que subía en avión y la primera que me esperaba un viaje tan largo. Sentado en el aeropuerto, llegué muchas horas antes, el miedo me inundó. Mi viaje se había convertido en una realidad, la fantasía se estaba haciendo realidad y no sabía muy bien si era lo correcto. Los nervios se me salían por todos los poros y los móviles de amigos y familia no pararon de sonar. Tras 20 despedidadas y ánimos, de todos menos de mi novio, al que no le hacía ninguna gracia mi aventura porque siempre había pensado que Reina era una mala influencia para mi, y al pobre dios no le dotó con la capacidad de alegrarse por el otro, me tocó embarcar.
A partir de este momento es donde empieza realmente esta historia. Después de 10 largas, impacientes, aburridas y excitantes horas de vuelo, soportando a todas las parejas rumbosas que iban a pasar 6 días de todo incluido en algún resort, desde la ventanilla del avión se empezó a ver una manta verde cubierta por una espesa capa gris. Las voces de decepción entre los pasajeros fueron muchas. Estaba lloviendo.
Después de aterrizar, atravesar la aduana y recoger el equipaje vi al fondo, en las puertas de entrada del aeropuerto, a una mujer muy morena de larga melena negra que me hacía aspavientos con las manos. Mi amiga Reina. Parecía Sonia Braga en aquel viejo culebrón brasileño, Gabriela. Hacía mucho tiempo que no la veía y estaba igual que siempre pero muy cambiada, algo más gordica y más salvaje pero con una sonrisa en los labios que mostraban una inmensa felicidad. Cuando atravesé las puertas y salí al exterior el aire del Caribe me sacudió y me dio la bienvenida. Ese calor húmedo potenciado por una fuerte lluvia tropical y aquel olor a papaya. Todo iba a ser diferente a lo que yo había visto antes.
Reina, trabajaba en un periódico cubriendo lo que en México denominan sociales (http://www.quequi.com.mx/), es decir, tú te vas a todas las fiestas y eventos y le haces fotos a los que acuden de dos en dos o de tres en tres, luego les preguntas sus nombres y los apuntas para dar fé de su presencia en el acto. Mi amiga empezó a contarme que Cancún se encuentra situada sobre una superficie de cuarzo, esto, unido a que es una ciudad que no tiene más de 30 años (por lo tanto la población es muy joven y las hormonas vuelan por el aire), hace que las energías se desarrollen de una forma muy particular. Te suceden mil cosas en muy poco tiempo que no comprendes pero que al final encajan y confluyen en un sentido. Yo pensé "mi amiga se ha vuelto una mística", pero he de decir que en mi caso así fue. Nos subimos en el camión (autobús) que nos llevaba a la ciudad y allí cogimos un taxi, por el módico precio de 15 pesos, que partió hacia su apartamento, el que compartía con Vanessa. Una vez allí Reina me dijo que íbamos a cubrir un evento al Teatro de Cancún, junto con su amiga y compañera en otro periódico Gilda Piña. Demasiada información para un españolito blancuzco e inexperto que aún no sabía dónde se había metido. Pero Reina que es muy sabia tuvo la mejor ocurrencia que puede tener una persona para ayudar a un amigo a irse introduciendo en la ciudad. Me llevó a las Palapas, lo que viene siendo el centro del pueblo. Porque para el que no lo sepa, en Cancún hay dos mundos, la consabida zona hotelera y el pueblo, donde habita la gente que trabaja en la zona hotelera. Y es un pueblecito mexicano lleno de mayas, chaparretes, morenos y algo lentos. Me sentó en un puesto callejero a degustar una inmensa torta de chorizo con queso, los sabores del Caribe llegaron a mi paladar. Nunca adiviné un placer igual, fuerte, sabroso, grasiento, sueve y picante, acompañado de una bebida muy popular, el refresco de manzana.
Al fondo apareció Gilda Piña, una chica muy femenina de grandísimas orejas y altísimos tacones, a ratos bella, a ratos fea. Gilda me saludó y me miró curiosa. Luego descubrí que era una mujer de las de siempre luchando por convertirse en una de ahora, Reina ya había ejercido su influencia sobre ella. Los tres nos subimos a un camión rumbo a la zona hotelera. Es como salir del tercer mundo y entrar en Las Vegas, de la oscuridad se pasa a las luces de neón encaramadas en edificios impresionantes cuyas fachadas parecen de cartón piedra. Las sensaciones iban a dos mil por hora pero yo estaba tranquilo, empezaba a tener una voz en la cabeza que me decía que aquel era mi sitio y eso me hacía sentirme como en casa.
En el Teatro de Cancún, mis compañeras empezaron a desarrollar su trabajo. Asistimos a una puesta en escena que recogía retazos de las obras más famosas de Lorca. Yo, en Cancún viendo a uno de los grandes españoles de la literatura en un teatro cuyo aire acondicionado te congelaba y con unos actores con un importante acento mexicano. Surrealista. Antes de que terminase nos marchamos. En la puerta Reina me presentó a Paloma Herrero, la directora del teatro que, casualidades de la vida, había estado hacía unos meses recorriendose el sur español (yo soy de Córdoba, para los que aún no lo sepan). Una señora interesante que nos invitó a subir al mirador en el que la música de fondo era La Oreja de Van Gogh. Mientras aquel aparato circense subía a la vez que giraba empecé a vislumbrar una panorámica muy interesante de la ciudad, su forma, sus colores, sus zonas de luces y sombras. Por primera vez fui consciente de donde estaba por mucho que el sonido de fondo se empeñase en hacerme creer que aún estaba en España.
De allí nos recogió MariCarmen, la mejor amiga de Reina, una doctora de un importante resort, en su coche, nos llevó a casa, en donde estaban Vanessa y Pati, una mujercita con voz de niña boba que me hizo ojitos desde el primer día. Cenaron unos chorizos y unos quesos que yo había colado en mi maleta e intenté dormir. Aunque aquello fue una misión imposible.
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