MOBY DICK

Siempre he sido un niño gordo. La culpa según mi madre la tiene mi abuela. De pequeño, para aliviar el mal momento económico de mis padres, me pasaba los tres meses de verano en Lanjarón (Granada) custodiado por mis abuelos. Fueron varios años en que los veranos eran símbolo de felicidad completa. Mi vida parecía un continuo capítulo de Verano Azul. Yo era una especie de Tito con su Bea, su Javi y todo un sin fin de personajes que alegraban y engordaban sin yo saberlo mi exceso de nostalgia.
Tanta era la felicidad, que a la vuelta parecía que me la había comido toda. Mi madre horrorizada, le echaba la culpa a mi abuela y le decía "pero tú que le has dado de comer a este niño". Y el niño, se lo había tragado todo, pero como era pequeño y guapo nadie se había dado cuenta. Es lo que tiene el mundo estival. Uno se mete dentro de ese ensueño de verano sin darse cuenta de que está aumentando las tallas de pantalón por momentos.
Ahí fue cuando empezó mi drama personal. Mi gordura unida a una pluma, que yo como crío no veía, alimentaron una leyenda que se extendió del colegio al instituto y que marcó mi pubertad. Bienvenido al mundo de la marginación escolar, que en este momento me parece muy intersante pero que en aquella época de granos y pajas era una auténtica putada. Todo en mi vida lo marcaba el exceso de kilos y no es que comiera demasiado, pero como tenía pocos amigos y no salía mucho a la calle, me pasaba las horas sentado en mi casa y como me pasaba las horas sentado en mi casa no tenía amigos. Un claro caso de pescadilla que se muerde la cola.
Intenté hacer 2000 veces algún régimen, aguantaba estoicamente que la gente con lástima me dijera cosas del tipo "con lo guapo que eres de cara que pena que estés tan gordo", y se quedaban más anchos que largos (qué hija de puta es la gente y los peores son los que van de sinceros por la vida). Pero la verdad es que cuando yo en la intimidad de mi habitación me miraba en un espejo que mi padre había colocado en el interior del mini armario empotrado, me veía bien, me sentía bien.
Cumplí 18 años y me admitieron en la Universidad Complutense de Madrid. Una nueva vida en un lugar desconocido. No quería arrastrar la pesada mochila que llevaba a las espaldas y decidí que había llegado el momento de descargar para empezar a llenar. Reciclé mi pluma e hice un régimen controlado por una doctora bastante maja, de las que no te miran con condescendencia y hacía ejercicio a todas horas, por una vez tuve fuerza de voluntad. Los kilos empezaron a bajar a la vez que mejoraba la imagen que tenía la gente de mi. Es curioso pero tú eres el mismo y los demás no. Pasé de ser un marginado a ser el líder de mi grupo en cuestión de tres meses y 20 kilos de menos. La gente que antes me tomaba a guasa, empezó a tomarme en serio. Esto sólo lo sabe el que lo ha vivido. Hay pocos cuentos tan ciertos como El Patito Feo.
A partir de aquí hay pocos datos nuevos interesantes. Mi vida en Madrid fue completamente diferente. Pero nadie me había hablado de una lacra que se queda en tu cabeza para siempre, lo que yo llamo el Complejo del Niño Gordo.
Dicho complejo consiste en que por mucho que a uno le haya cambiado el físico, por mucho que se haya convertido en el cisne, las inseguridades propias de la adolescencia provocadas por la obesidad siguen ahí. Se experimenta una especie de manía persecutoria, de no terminar de creerse lo bueno que uno tiene, lo que provoca que sea muy difícil fiarse de los demás y por tanto, de integrarse en grupos sociales. Necesitamos que nos estén diciendo a todas horas que somos estupendos, que nos merecemos lo que tenemos. Estamos acostumbrados a recibir todo lo negativo de los demás, nos hemos creado una capa protectora que nos filtra toda la información perniciosa y nos hace más fuertes, pero que a la vez nos distancia. No es una distancia elegida, nos hace pasarlo mal. Por eso, cuando alguien se nos acerca podemos llegar a hacer de todo para ponerles a prueba.
Creo que me he enamorado, y digo creo porque yo estas cosas las pongo en periodo de prueba durante un largo tiempo. Tengo esa sensación maravillosa de "haberle encontrado". Nunca me había pasado. Este niño con cara de judiito, de repente me hizo sentirme querido en cinco días estupendos más de lo que ninguna de mis tres parejas anteriores lo hizo nunca. Y ahora viene el problema, he descubierto que no soy capaz de asimilar las cosas positivas. El Complejo del Niño Gordo me tiene tan marcado, que me superan todos los halagos, no soy capaz de creer que me los merezco. Qué putada. Puedo asumir que me llamen Moby Dick con una sonrisa e incapaz de aceptar cualquier tipo de piropo. Uno empieza a amar a alguien pero el miedo me posee y empiezo a pensar que esta lacra me puede distanciar del intento de acercamiento de los que me quieren. Vulnerable me hallo más de lo que en mucho tiempo he estado. Espero que el niño judio me cure aunque sea un poquito.
2 Comments:
Cuanto más grande sea el cofre, más tesoros podrá albergar y tú en tus remotos kilos de más, acumulaste valentía y honradez. En tu soledad, aprender a pensar y a razonar y en la veintena, a sacudirte de un "plumazo" y con tu cara bonita, toda la mierda pasada que otros intentaron poner sobre ti. Actitud valiente la tuya, yo todavía no me atrevo a hablar con seriedad de mis traumas infantiles, que son muchos y del mismo calibre, sin que se me escape una lágrima.
Leyendote me he dado cuenta de q mi mejor amigo tb tiene un síndrome parecido al tuyo. Espero q lo supere x lo menos la mitad de bien q tú. :)
Publicar un comentario
<< Home