CASI TREINTA

Cuando yo tenía 18 años me planteaba como sería mi vida cuando tuviese 30. Me veía a mi mismo como un hombre hecho y derecho, con una seguridad aplastante, con un mundo hiperconstruido donde todo ocupaba un lugar perfecto que yo movía a mi antojo. Nada se interponía en mi camino, mi mundo sería controlado por mi con pequeñas interferencias que evidentemente no alterarían mi existencia porque sabría como sacudirlas sin ni siquieera mancharme.
Pues bien, quedan pocos meses para que cumpla esa edad, que parece que marca la vida de una persona. He visto mil películas, series de televisión y he leido muchos libros en los que los treintañeros deambulaban por un mundo que aunque yo creía que comprendía, realmente empiezo a comprender ahora. La gran conclusión, algo triste por su exceso de realismo, es que cumplir treinta años se parece mucho a la llegada a la adolescencia. Los complejos vuelven, la sensación de que nadie te comprende, las inseguridades aparecen siempre cuando menos las necesitas. Sin embargo, mientras que en la pubertad todo esto se debe a una falta de experiencia y compresión sobre el mundo que te toca vivir, en la treintena, es por todo lo contrario, uno empieza a estar lo suficientemente maleado como para no fiarse de nada ni de nadie. Esto es horroroso, porque ante todas las experiencias que se te pasan por delante colocas dos millones de filtros, que cuando por fin te decides a quitar descubres que ya ha pasado el momento. Todo queda resumido en que te surge de repente una cualidad, una tendencia inevitable a cagarla.
A todo esto se suma que mi genaración, la de aquellos que nacimos en los años 70, cuando España luchaba por cambiar llena de ilusiones hacia un futuro prometedor, cual adolescente que se imagina cómo será su vida a los 30, es una generación muy infantil. Nosotros nos criamos viendo Barrio Sésamo, el Un, dos, tres, Heidi... Las generaciones siguientes lo han hecho con Al salir de clase, Chicho terremoto o Bola de dragón. Menudo cambio.
Cuando alguien de mi edad, mejor dicho, cuando yo conozco a alguien que ronda la veintena (no sé si por suerte o por desgracia en este pasado año he conocido a muchos),se produce en mi un ansia de curiosidad acerca de como vive la vida. No puedo evitarlo, pero me surge la pretensión de convertirme en un ser vampírico y contagiarme de su vida, convertirlo en un elemento catartico que expulse de mi cuerpo todos esos miedos que los años me han colgado encima. Inocente de mi. Olvido que estos niños mutantes, pragmáticos sobre todas las cosas, osados, saben latín en cuanto a las artes del savoire vivre, así que al final acabo escaldado y con más inseguridades de las que tenía cuando empecé mi camino... algo bueno tenía que tener educarse con al salir de clase.
Estos niños mutantes buscan en la figura del treintañero todo lo que ellos se imaginan que serán cuando tengan su edad, seguridad y dinero, casi siempre (con honrrosas excepciones, aún queda alguno inteligente). Después de un tiempo en que el actor de tres décadas empieza a cansarse de interpretar el pesado papel de lo que debería ser, de aparentar todo aquello que no tiene razón de ser, porque la cabra tira al monte, como diría mi amiga Nieves, el dulce Tadzio siente como la estafa le da en la cara. A partir de ese momento, se establece un juego cruel en el que simplemente por fortaleza y tiempo ya se sabe quién será el ganador desde un principio. Tadzio continúa su búsqueda, el treintañero tirado en el suelo pone a dios por testigo de que esa situación nunca se volverá a repetir... pero la cabra tira al monte.
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